Me gusta mucho, muchisimo, más que cualquier otra cosa, el cuerpo de Ramón. Es como hombre, más grande que yo, además de más alto, tiene un perimetro de torax ideal para amarlo. Con el pecho plano, musculosas las tetillas, hombros fuertes, la cintura estrecha, caderas pequeñas másculinas, piernas morenas de acero, una belleza sus gemelos y sus largos muslos. Piernas de hombre. De bandera, largas y esbeltas, al mismo tiempo que perfectas. Está delgao, pero en el punto exacto, de que me he encaprichao, de ese cuerpo joven de muchacho, como los cuerpos de los nadadores, que veía tirarse al mar, desde el puente del mineral, que eran atletas, pues hay muchos metros desde el embarcadero de hierro a la superficie del agua, y solo los más atleticos se tiraban. Mi niño parece y es eso, un hombre que no aprecia el valor de su cuerpo. Es demasiado silvestre, se cree que los hombres no son interesantes, el solo tiene ojos para mis carnes, piensa que el pecho plano y los musculos de acero, no tienen ningun encanto, cuando yo me muero, por besarlos y sentir esa carne divina bajo mis labios. Encima es moreno. Ya de escandalo. Y tiene ahora el pelo, ni corto ni largo, una melenilla que está guapo guapo. El canijo, como yo le digo para mosquearlo, está como el vino que tiene muchos años, un caldo de reserva, para paladares sibaritas, pues yo, todos los dias una gran borrachera, al acariciarle la barriguilla, ese tacto de su piel aterciopelado,me sube a las estrellas, de lo que me gustan sus carnes morenas. Es tonto Ramón, no se dá cuenta, que pierdo la razón, cuando estoy muy cerca de su pecho de campeon, y su cara bella. Cuando está medio dormido, yo que no me estoy quieta, ahora un bocao, chupandole la oreja, ahora una caricia prolongada disfrutando, de su anatomía perfecta.