EL BAR. Los bares son los templos modernos. La vida de cada barrio transita a diario por ellos. Todo lo que sudece pasa por ese gran confesionario que es la barra de un bar. La muerte, los nacimientos, la ultima separación, todo se digiere al aroma de un café con leche o de una caña. Hay camareros que son autenticos sacerdotes. Saben escuchar al cliente, darles un consjeo y orientarlos. En estos tiempoos de crisis de fé, los bares son el refugio espiritual para los que no les queda otra religión que la conversación, la cerveza diaria y la tapa de calamares.
FORMAS DE VIDA.En el Tagarete se conservan estilos de vida antiguos, de cuando la gente se pasaba el día a las puertas de las casas y se convivia entre vecinos y todo el mundo se conocia por su nombre. La costumbre de sacar las sillas a la calle, se mantiene. En invierno se busca el sol mañanero, que calienta y no daña; en verano las sombras para refugiarse del calor. De vez en cuando se escucha una guitarra sonando entre los monotonos bloques de pisos. Es la de Jesus, que lleva toda la vida animando al barrio a ritmo de rumba.
LA CIUDAD DE LOS RELOJES PARADOS:
Almería siempre ha sido una ciudad de relojes parados. El de la Catedral se pasó años anclado en las seis de la tarde y el del edificio de Banesto, frente a correos, no se sabe desde cuando marca las doce y media de forma constante. Habia una frase que se empleaba cuando alguien no llevaba bien la hora, que decía: " LLevas el reloj con el de la esquina del muelle " Es una expresión almeriense que viene de lejos, de cuando en el puerto en la zona de carga y descarga de los barcos, junto a unos hangares, habia un gran reloj que servía de guía a los trabajadores. Me cuentan que el reloj de la esquina dle muelle estuvo funcionando hasta el año 1937, cuando un proyectil, o tal vez un trozo de metralla de las bombas que descargaron sobre Almería en tiempos de la guerra, lo dejó inutilizado para siempre
KIOSCO DE LA PLAZA DE TOROS.Durante décadas, Julian regentó un kioso frente a la Plaza de Toros. Vendía caramelos, todo tipo de golosinas, frutos secos y tenía un servicio de venta y alquiler de novelas y tebéos. Los jovenes de los años cincuenta, que no tenían dinero para comprar comics, los cambiaban por un precio insignificante.
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