Tenía los ojos oscuros y pequeños y llevaba un poso de tristeza temblando en la mirada.
La cara redonda, la frente ancha y un bigote a lo Clark Gable que le daba un aire romantico y decandente que gustaba mucho a las mujeres.
Con la pierna izquierda cortada por el femur, parecía un héroe de guerra de los que venian mutilados del frente. Pero no habia sido un disparo. La desgracia no se le habia cruzado en el fragor de ninguna batalla, sino en una escaramuza infantil, mientras hipnotizaba pulpos junto a la escalinata del puerto.
Como muchas tardes, había bajado con su pandilla a pescar. Se tumbó boca abajo con los brazos rozando el mar y las piernas estiradas encima de los railes de la grúa, cuando la máquina le reventó la pierna. El médico que habia esa tarde haciendo guardia en el hospital, le salvó la vida a costa de cortarsela por el femur.
Los amigos subieron corriendo al Cerro de san Cristobal para avisar a su madre.
Cuando llegó, Pépe acababa de salir del quirófano con la extremidad amputada.
Pobre madre, otra desgracia que asolaba a la familia. Ocho años antes, había enviudado y ahora lo del hijo.
Al marido lo mataron el la guerra civil y desde entonces se vistió de luto hasta el día de su muerte.
Era una mujer curtida en el sufrimiento. Sacó fuerza para salir adelante y para que a su hijo no le faltara cariño.
Fué su apoyo constante y mientras la salud la acompañó fué las manos y las piernas de Pépe. Todas las tardes, unos minutos antes de las dos, Enriqueta bajaba desde su casa a llevarle la comida al trabajo.
Desde los doce años, José fernandez Padilla fué Pépe el cojo.
Tuvo que madurar deprisa y agudizar el ingenio para sobrevivir. A los dieciseis ya se ganaba el sueldo vendiendo tabaco con una mesa ambulante que instalaba en la Puerta de Purchena.
Como el negocio era clandestino, tenía que estar alerta por si aparecia la pareja de la Guardia Civil, que no tardaban en requisarle la talega con el tabaco y de encerrarlo una noche en el cuartelillo.
Así vendiendo a hurtadillas, saliendo ileso de las escaramuzas cotidianas de la miseria, esquivando la vigilancia constante de la autoridad, aguantó hasta que por fin el Ayuntamiento le concedió un carrito de madera para la venta ambulante y le dio la correspondiente licencia.
Empezó despachando periódicos, pistolas de plastico, golosinas y frutos secos, aunque bajo cuerda, Pepe siguio con su negocio del tabaco.
A mediados de la década de los cincuenta, instaló el carrito a espaldas del kiosco Amalia. Era un sitio muy transitado y pronto se hizo con su propia clientela.
La suerte empezó a sonreirle. Ganaba lo suficiente para mantener a su madre y se ganaba un dinerillo extra vendiendo condones de tapadillo.
La contraseña era: "Pépe dame una caja de globitos para estudiar"., y entonces Pépe el cojo sacaba de una bolsa escondida en el ultimo cajón, uno de aquellos preservativos primitivos fabricados con goma ancha como las cámaras de las ruedas de las bicicletas. Era más cómodo comprarselos a él, si habia confianza que entrar en una farmacia y pasar un mal rato delante de un mancebo desconocido y el cliente de turno.
Pépe, aunque no lo diga el periódico, tambien vendía cigarrillos de grifa, yá liaos. La hojas de María picás con un poquillo de tabaco mezaclao, en Almería siempre ha habio legionarios, o lejias como querais llamarlos y esa gente trae la grifa de Africa, y muchos pescadores a los que no les faltan hojas de la planta pá fumarla.
Alrededor del kiosco de Pépe se formaban todos los días improvisadas tertulias de toros y de futbol.
Pépe era un defensor a ultranza del Cordobés, con el que se habia echo una foto en una ocasión que vino el torero a Almería.
Llevaba un eslogan en el carro que decía así : " Almería donde el sol pasa el invierno". Se sentaba en su taburete de madera lleno de cojines y la muleta de madera apoyada sobre el carro de golosinas.
Para no subir el carrillo por las noches al empinado cerro de san Cristobal donde vívia, lo dejaba a mitad de camino en una antigua cochera donde malvivía una anciana rodeada de gatos, que vendía ella tamien caramelos, bolas de chicle y regaliz, y a cambio de unas pesetas se lo guardaba en el cuchitril.
Hablo de estos personajes de Almería para que os hagais una idea de la miseria de la provincia
la pariente pobre de Andalucía, la ultima de España, en renta per cápita.