Volver a la Molineta. Cruzar la frontera de la Rambla de Belén, que separaba la ciudad del paraiso. Atras quedaban las ultimas casas que se alienaban frente al Cortijo Fischer, delante, los cerros que representaban la libertad, el refugio donde poner a salvo los sueños recién estrenados.
Hay una generación de niños que pasaron la infancia subiendo aquellos montes ( Mi madre e incluso yo ), bañandose en las balsas, escondiendose en las cuevas, buscando nidos, comiendo almendras y vinagretas. Hoy han pasado la barrera de los cincuenta, pero de vez en cuando regresan al lugar donde alimentaron su insatisfecha imaginación infantil.
Para ellos, volver a la Molineta es recuperar el territorio perdido, el tiempo que se fue, los momentos en los que fueron felices, cuando vivian al dia desgastando con avaricia cada instante, sin nigun lastre del pasado, ajenos al porvenir.
La Molineta ha ido deteriorandose con los años, pero aun conserva la magia de lugar remoto, tan cerca y a la vez tan alejada de la ciudad, como si por alli solo hubiera quedado la huella de una forma de civilización antigua que no conoció más progreso que su entramado de acequias para traer el agua y su red de balsas para almacenarla.
La reina de todas, la balsa matriz que abastecía a los cortijos de la zona, sigue en pie. Es la de los 100 escalones, una obra monumental que desde fuera parece la base de una pirámide. Una de las paredes la levantaron aprovechando la cara de un cerro y las otras a fuerza de grandes bloques de piedra que trajeron de las canteras próximas.
Esa balsa, hoy seca y abandonada, fue para muchos niños la piscina donde se dejaban el sudor en verano, siempre con el permiso del guarda que estaba al acecho.
"Algunas tardes, cuando nos ibamos a la playa sin que lo supieran nuestras madres, antes de volver a casa nos bañabamos en la balsa para quitarnos la sal que llevábamos pegada al cuerpo. Las madres eran muy listas y nos pasaban la lengua por los brazos para saber si nos habíamos ido al mar ", cuenta un almeriense.
Dice que está preocupado por el futuro incierto de este paraje natural que ha sobrevivido a pesar de la autovia, pero que ahora está amenazado por los proyectos de urbanización que aparecen en el horizonte. Podría ser el final de este espacio natural con vocación de ser pulmon y mirador.
Hay zonas en el interior de la Molineta de una belleza espectacular, impensable en un lugar tan próximo al casco urbano.
Parajes que forman parte de la historia de la ciudad. Todavía se pude ver la impresionante obra de ingenieria que construyeron para conducir el agua por los montes y traerla a la ciudad a traves de acequias. Hoy estan secas, sin rastro alguno del agua que en otro tiempo les dió la vida, pero siguen siendo el testimonio fiel de una forma de existencia que fué desmoronandose lentamente.
Como los cortijos derruidos que van apareciendo en la falda de los cerros o las vaquerías desde donde cada tarde bajaban la leche a la ciudad para venderla de puerta en puerta.
Hasta hace treinta años, la Molineta fue tambien un lugar de encuentro. Era habitual que las famílias subieran los domingos de excursión. Venian del barrio de los Angeles, de la Cruz de Caravaca. de la Plaza de toros, y se instalaban bajo la sombra de los arboles, se quedaban a comer y alli pasaban la jornada hasta que se hacía denoche.
El atractivo de la Molineta no pasó desapercibido para el cine. En 1974 el director americano John Milius rodó alli varias escenas de la película " El viento y el león ", protagonizada por Sean Connery. Varias secuencias las filmó en el cortijo de Góngora y otras en la vaguada interior.
Milius debió quedar prendado del lugar y ocho años despues en 1981 regresó, ahora con Arnold Schwarzenegger, para rodar "Conan el bárbaro ". desde entonces, a la cueva que existe junto al antiguo polvorin, se le conoce como la cueva de Conan.
En el anchurón que hay delante, se instaló un campamento bárbaro con un ejercito de extras en el que se alistaron casi todos los parados entre veinte y cuarenta años que entonces había en la ciudad. Fueron los últimos momentos de esplendor de un paraje que pronto puede pasar a ser solo historia o polvo en la memoria de los que lo disfrutaron.
T U M B A I T A : Mi madre iba cada tarde a merendar, bueno ella no tenía un trozo de pan, por eso cogia algunas llosas de los almendros desperdigados que hay por la Molineta, y yo tambien he ido de escursión con el colegio, que nos daban un bollo de pan, un quesito, dos honzas de chocolate, y un plátano, para pasar la tarde.
Lo recuerdo como algo maravilloso, no existe en le mundo paraje natural más bonico que la Molineta, en ningun sitio de la tierra.
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